lunes, 1 de octubre de 2012

DÍA 69: Envidia

Tenía los ojos minúsculos, los párpados casi pegados entre sí, achinada, tensa y desazonada... así era su mirada.

Trabajaba como mercader en un bullicioso zoco en Manamá, capital de Bahréin, y era un hombre recto, exigente y magnifico vendedor.

Manamá había sido construida en el centro de una pequeña isla dominada por el desierto a orillas del Golfo Pérsico, lo cual tenía bastantes puntos en común con su vida, ya que él había nacido en el seno de una pequeña familia a orillas siempre de la necesidad, como si vivieran eternamente frente a un mar de pobreza y amenazados por torrentes de penuria y miseria... sin posibilidad de cruzar nunca al otro lado. Aunque de aquello, hoy en día, poco quedaba en su vida.

Cada amanecer, con estricta puntualidad, acudía a Bab al Bahrain, un bonito y vivaracho zoco cimentado en medio de la ciudad, donde, unos cuántos años atrás, él había decidido ubicar su tienda.

Los vendedores que se agolpaban entre las estrechas y bulliciosas callejuelas ambulantes, conformaban una pintoresca amalgama de colores, olores, ruidos y sensaciones a través de las cuales, fácilmente, podía respirarse la mezcla multicultural que desprendían mercaderes de Pakistán, Egipto o Bangladesh junto con el olor a especias, condimentos, tinturas, pigmentos y texturas. Sabores, olores y percepciones entremezcladas en el alma.


Su puesto, como el de la mayoría allí instalados, vendía dispares artículos de consumo diario pero, la diferencia, es que él también vendía bonitas alfombras de calidad extraordinaria... y era por ello conocido y reconocido más allá de los límites de la isla.

Vivía una existencia tranquila, sabiéndose el hombre más rico de la ciudad. Convivía con una hermosa mujer de origen turco, cuyos rasgos marcados, su piel morena y aquellos grandes ojos verdes delataban, en parte, su procedencia. Ambos eran jóvenes todavía, por lo que estaban meditando sobre la posibilidad de hacer crecer la familia, asegurando de este modo una descendencia a la que traspasar, en un futuro lejano, el exitoso legado del zoco.

Aquel día había amanecido, como tantas otras veces, caluroso y húmedo. Había seguido su rutina diaria de manera disciplinada, quizá un poco más aletargado de lo habitual por el sofocante bochorno, pero nada que no le hubiera entorpecido en exceso para llegar, puntual como cada día, a su puesto en el mercado.

Sin embargo, al llegar ese día a la tienda, en cuya puerta esperaban ya algunos compradores... se percató, inevitablemente, de que el espacio, hasta aquel día vacío, ubicado justo frente a su comercio había sido ocupado por un muchacho joven de dorada piel y jovial mirada. Sintió, inexplicablemente, un temblor interno que lo mantuvo paralizado durante unos segundos... fueron los clientes con sus voces animosas e impacientes los que le despertaron del letargo... 

Aquel ensimismamiento fue el primero de muchos posteriores. 

Pasaba horas mirando el bazar del recién llegado. Curioso y sintiéndose amenazado comenzó a codiciar cada cliente que se paseaba por allí, cada nuevo objeto que ocupaba los estantes, cada ruido, cada palabra y hasta cada respiración propiedad de rival.

Realmente las ventas en su propio puesto no habían descendido, a pesar de que ya no trataba con tanto esmero a cada cliente... era difícil atender al comprador observando al mismo tiempo las maniobras y quehaceres de su competencia, la cual, dicho sea de paso, nunca llegó a percatarse del espionaje que él había iniciado. Llegó incluso a inventariar formalmente las propiedades del joven del otro lado de la calle, con el único objetivo de comparar, al llegar a casa cada noche, sus propias pertenencias y las del risueño contrincante.

Envidiaba el suelo que pisaba, el aire, los gestos y hasta las esporádicas miradas que, de vez en cuando, algunos interesados regalaban de soslayo a su puesto.

Fue tal su obsesión que, rompiendo su escrupuloso patrón de pautas diarias, una noche de luna llena acudió, silencioso y encapuchado, al dormido mercado... con la única intención de sustraer al joven de enfrente todas las pertenencias que con tanto deseo codiciaba cada minuto de su vida.

Al llegar, observó sorprendido que había luz en la tienda del muchacho... se acercó sigiloso y, escondido tras un refugio de alfombras amontonadas, presenció una dantesca escena digna de las Guerras Médicas.

Docenas de mercaderes, compañeros suyos durante tantos años de profesión, se apuñalaban entre sí sin aprecio ni consideración alguna... vasijas, espadas, condimentos y paños ensangrentados volaban violentamente por el reducido espacio que conformaban aquellas paredes de adobe y paja... espacio que se había convertido en cárcel de anhelos indecorosos, de deseos de bienes impropios.

Su envidia de la envidia de los otros, le hizo saltar descontrolado de su escondite acompañado de una daga en cada mano. Poseído por una fuerza descomunal, fortalecida por tantos días y horas de celos alimentados, comenzó a descargar la rabia de la posesión... acabando, fulminantemente, con todos los que, hacía solo unas horas, habían sido sus amigos desde la infancia.

En el silencio de la noche, rodeado de odio y rencor, miraba detenidamente a su alrededor apreciando cada detalle de aquella sanguinolenta escena. Agotado y sintiendo en su interior una incipiente desazón, como si fuera el preludio de una tormenta desértica en su alma... se levantó y comenzó a caminar imparable saliendo de los muros de la ciudad.

Anduvo sin descanso durante cuatro días y cuatro noches... llegando en la madrugada al sur de la isla... donde el desierto tocaba su fin... al límite de sus necesidades, invadido por un mar de pobreza y amenazado por torrentes de penuria y miseria. 

Allí se erguía, monumental, El Árbol de la Vida... grandiosa muestra de supervivencia vital entre desiertos de templanza... allí la vida rezumaba entereza entre arena y presuntuosidad.

Lo vislumbró aterrorizado desde lejos y al encontrarse a pocos pasos pudo ver con desasosegado detalle al exorbitante ángel que, custodiando aquellas hojas y ramas vitales, ensamblaba su espada de acero y justicia con inequívoca intención castigadora.

El impacto fue único y certero... desplomándose junto a la orilla, blandiendo aún en sus manos las dos dagas de envidia mortal... sucumbiendo frente al mar bravío y acogido bajo las ramas del bien eterno.

Y en el silencio del desierto, teniendo como únicos testigos el calor, el sol, el mar y la arena... cayó entonces del árbol, junto al cuerpo inerte del comerciante, una hoja blanquecina que el viento se encargó de revolotear serenamente hasta el agua del mar... donde se perdió lejana y jamás nadie volvió a recuperar...
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2 comentarios:

M.G dijo...

¡ QUÉ BONITO !
BUEN DIA

Docecuarentaycinco PM dijo...

¡¡Muchas gracias M.G.!! Me alegro que te haya gustado.
¡Buen día igualmente!