viernes, 24 de noviembre de 2017

DÍA 820: Temporal


Siento como si estuviera transitando por un viaje estacional de mi vida interior.

Con el Otoño me sentí desnuda y desprotegida, cayeron mis hojas inundando un suelo inestable que crujía a mis pies. Triste y descolorido. Desnutrido. Abandonado y silencioso. Lleno de paisajes con árboles a modo de lanzas, clavando en mis entrañas las ramas afiladas y secas del pasado, del presente y del futuro.

Al llegar el Invierno, todavía desnuda y perdida, sentí el frío aterrador de la verdad. Nieve que me golpeaba congelada sobre mi cabeza. El peso de lo no resuelto. Y yo, inmovil en medio de la nada, me dejaba ahogar por una avanlancha de sentimientos que descontrolados caían por la ladera de mi alma. Frío es el miedo a mirar hacia dentro. Fría la incertudumbre y el perdón.

Y cuando pensaba que moriría congelada con mis propios terrores y cargas, cuando menos lo esperaba, llegó la Primavera. Sutil su llamada alegre. Fue presentándose tímida y colorida. Deshaciendo la nieve de mi alma y de mis pies enterrados y sumisos a mi misma. Capaz de calmar y derretir sin prisa todo lo inanimado. Floreciendo desde dentro, desde lo más profundo y luminoso. Llegó para dar luz, esperanza y un poco de calor con sus tenues rayos de sol que, desde dentro, volvían a iluminar todo el paisaje. De dentro hacia fuera y no al revés.

El Verano llegó a su tiempo. Ni antes ni después. Llegó radiante y alegre. Ocioso y vibrante. Era pura alegría y sencillez. Lo simple de la vida. Una sonrisa infinita, regada de tormentas esporádicas, típicas del verano, pero con el poder suficiente como para secar el alma mojada. Sol interior. Baile. Celebración. VIDA.

martes, 18 de julio de 2017

DÍA 818: Hiperactividad Emocional

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La Hiperactividad Emocional es un estado de revolución interna que deja al sujeto que lo padece en estado de convulsión afectiva.

Se considera una de las numerosas enfermedades raras que azotan nuestro mundo perturbado, diagnosticado por miles de síntomas sin identificar que hacen que la rotación sobre su eje a veces se desvíe enloquecidamente.

Los síntomas más comunes de la Hiperactividad Emocional son, entre otros, los siguientes:

- Absorción ilimitada de sentimientos, sin rango ni distinción
- Implosión desbocada de pensamientos y reflexiones descontroladas
- Insomnios fortuitos y sueños profundamente emotivos
- Aceleración del pulso de manera intermitente y provocadora

Las personas que padecen de Hiperactividad Emocional se caracterizan por tener ojos vidriosos e iluminados. Esto es consecuencia del desbordamiento incontrolado de emociones a través del lagrimal, claro punto de conexión vital entre el mundo interior del sujeto afectado y el entorno estimulante.

Además, poseen una clara tendencia a la empatía, hasta el punto tal que en ocasiones distorsionan su propia individualidad con la de sus iguales. El mimetismo sentimental es una de las claras manifestaciones de quienes padecen de este tipo de síndrome.

A pesar de los alborotados síntomas y consecuencias, aquellos individuos diagnosticados de Hiperactividad Emocional, tienden a ser  ciudadanos felices, socialmente intensos, con una activa vida interior, perseverantes, buscadores de la felicidad compartida y, sobre todo, con una innata predisposición a seguir siempre adelante.

Es por esto que, a pesar de los desesperados intentos del sistema socioeconómico de anular drásticamente a todo aquellos sujetos calificados como Hiperactivos Emocionales, éstos poseen un empoderamiento de tal magnitud que, de manera incansable, intentan contagiar con su energía descontrolada a todo aquel que, en el polo opuesto, se esté dejando ahogar impasible por la corriente adoctrinada de los poderes económico, político y social.

ÚNETE.
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lunes, 17 de julio de 2017

DÍA 817: Arritmia emocional

Hay momentos en la vida en la que cabeza y corazón se desajustan de manera tal que las arritmias emocionales nos dejan en un estado inerte y desconectado.

Esta ruptura en el flujo eléctrico de nuestro circuito interno es, sin duda, un factor de riesgo inherente para la búsqueda continua de motivación vital.

Complejidades existenciales que, de no ser conscientes de las mismas, nos pueden llevar a estados de desidia, aturdimiento y profunda oscuridad que no son nada recomendables.

A veces es necesario parar. Echar el freno y mirar hacia dentro. Implosionar envueltos en un estado de instrospección valiente y desafiante con uno mismo. Solemos ser nuestros peores enemigos, sobre todo en momentos de incertidumbre y temor.

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En cualquier caso, a veces tener el automático puesto nos ayuda a superar ciertas situaciones de cambio transcendental, sin embargo, tan pronto uno identifique que se asoma por debajo de puerta la pequeña sombra de la escisión emocional (tanto interna como con el mundo que nos rodea) se debe poner remedio y evitar que la patita disfrazada de tierna oveja esconda a un cruel y melancólico lobo que nos arrastre a las profundidades.

Cómo hacer este ejercicio es algo para lo que todavía no tengo respuesta, de momento solo he aprendido a identificar estados... cómo transitar por ellos, entenderlos y domarlos sigue siendo a día de hoy una tarea pendiente. Probablemente esto se deba a que de manera incansable me reto y exijo cada día un mayor conocimiento emocional de mi misma, a pesar de las continuas arritmias.

Como hace poco tiempo me regaló alguien astuto y versado, tal vez esto se deba a que he descubierto que soy "mucho más fuerte hacia fuera y mucho más débil hacia dentro" y eso, clavado en mi pensamiento, es lo que intento alinear actualmente con mi corazón azotado y en duelo.

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jueves, 13 de julio de 2017

DÍA 816: Camino intermitente

Me muevo a fogonazos.

Luz intermitente que me arrastra por oscuros caminos enmarañados,
limpiando la negrura de lo incierto,
blanqueando miedos.

Destellos inconsistentes que me ciegan y alborotan, 
al mismo tiempo,
todos los sentimientos que me anclan al presente.

Camino a pasos descompasados, al ritmo de los destellos de un faro,
discontinuos,
entrecortados.

Durante unos breves segundos el resplandor ilumina todo lo ignorado,
y yo me confío, 
segura, 
firme,
invulnerable,
avanzo por el camino de sombras y abismos que se me presenta delante.

Y cuando más rápido avanzo,
sofocada, pletórica y vibrante,
la luz se esconde y mi mundo cae
en la negrura más absoluta y lacerante.

Así es mi viaje.

Quebradizo,
absurdo,
desconcertante.

Vivo una vida vacilante,
tan pronto la confianza me empuja siempre a que avance,
como el desasosiego me engulle en negras noches de aturdimiento sombrío y desfavorable.

Así es mi travesía,
imprecisa,
y,
sobre todas las cosas,
EMOCIONANTE. 

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martes, 30 de mayo de 2017

DíA 815: Naufragio

Precisamente cuando se nubla el viento es que debemos abrir más los ojos.

Tenemos la inercia de cerrar los párpados con tanta fuerza que las pestañas se arrancan entre lágrimas y dolorosa angustia. Cuando el viento se hace denso y oscuro en el camino, las pupilas quedan ocultas tras párpados atemorizados y súbitamente ciegos.

No es solo miedo, es inercia y evasión a lo desconocido, al abismo oculto entre ráfagas invisibles de incertidumbre. 

Es condición humana no querer mirar cuando la arena se precipita lacerante hacia nuestras pupilas. A veces lo que se nos presenta frente a nuestra existencia no es lo deseado y es entonces cuando nuestra esencia se construye sobre huída y negación.

Craso error.

Cuando el viento se nuble y el camino se convierta en uno oscuro e inestable, abre los ojos. Ábrelos hasta que duelan desde lo más profundo. Ábrelos día y noche, hasta que el lagrimal se seque y tengas que frotarlos repetidamente con tus dedos, como quien excava en el desierto en busca de agua. Ábrelos y no dejes que el viento arenoso permita que te salgas del camino, ni que te ciegue lo invisible, ni que el miedo se apodere de tus pasos hacia lo desconocido.

Cuando el camino se haga oscuro y la niebla azote tu rostro, no olvides que tus ojos son el faro. Así que ilumina tus pasos y jamás permitas que la tormenta haga naufragar tu barco.

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jueves, 25 de mayo de 2017

DÍA 814: Desde lo más alto

Mi cuerpo se resiste a abandonar la rutina puertorriqueña de buena mañana. Llevo madrugando desde que me fui de aquella isla del Caribe que me acogió valiente durante 6 años. Bueno, quizás me dio una tregua 3 o 4 días dispersos a lo largo de estas 2 semanas de regreso, no fue mucho más. De cualquier forma no es suficiente, mi cuerpo chirría quejumbroso y palpitante… “déjame descansar de una santa vez, loca”. Mi silencio es la mejor respuesta, diga lo que diga ahora mismo él tiene la razón.

Lo que no saben mi piel y mis entrañas es que el verdadero culpable de todo esto lo tenemos en casa. En la azotea. Viviendo como si el resto de extensiones y órganos no fueran responsabilidad suya. Altiva e incansable. Mi cabeza. Esa pequeña gran inconsciente y, al mismo tiempo, de extremado sentido común. Compleja e incansable.

Mi cabeza. Esa que rumia estridente día y noche todo lo vivido desde la tierna infancia. Quien me hace brotar mil sonrisas y alguna lágrima… en ocasiones todo al mismo tiempo. La culpable de este insomnio y de caer rendida, cuando en ocasiones ni siquiera el sol se oculta en el horizonte, sobre un nuevo sofá con el que ayer estrenamos cojines. Esa cabeza a la que todavía le cuesta asumir todo lo sucedido en las últimas semanas, en los doce meses que anteceden al día de hoy, en los seis años en Puerto Rico y en toda la vida pisando tierra y mar… y en algunas ocasiones hasta cielo.

Mi propia cabeza… esa gran desconocida, con la que convivo cada día procurando llegar a buen entendimiento. Trabajando juntas por una convivencia pacífica y solidaria conmigo misma. Con la que negocio diariamente sentimientos y experiencias. La que me da alegrías y tristezas. La que nunca deja de sorprenderme con sus ocurrencias sensatas, en ocasiones, y fuera de lugar en muchas más.
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Y mientras todo esto sucede en las alturas de mi cuerpo, el resto de mi propio ser intenta seguirle el ritmo con tropiezos, bostezos, ojeras y desgarbamiento. A veces pienso que tengo hiperactividad mental… definitivamente corporal no, pues es imposible seguir el ritmo a la vecina de arriba.

En cualquier caso, la maraca ruidosa e indomable que me mueve por el mundo apoyada sobre un cuello maltrecho y unos hombros cargados de contracturas, me regala momentos inolvidables. De esos que al recordarlos sonsacan sonrisas y encogen el estómago con fuerza.

Me siento afortunada. Mucho. Siempre me he sentido afortunada pero esta nueva etapa que acabo de estrenar me remueve muchas cosas por dentro. Sobre todo porque esa aparente disociación entre mi cuerpo y mi cabeza parece que llega a su fin. Siento mi alma a flor de piel. Porosa y preparada para continuar con una nueva aventura. Motivada, con ilusión y un poco de miedo y expectativa. Pero sobre todo, agradecida y soñadora.

Y así voy pasando estos días, procurando poner en orden cabeza y cuerpo con el único objetivo de lograr que la suma de los dos, el espíritu, logre alzarse en equilibrio sobre ambos para seguir viendo la vida desde lo más alto. 

Siempre lo más bello se disfruta desde las alturas. 

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