viernes, 15 de agosto de 2014

DÍA 718: Cuando agosto se convirtió en enero

Estoy empezando a convencerme de que la orientación espacio-temporal no es mi fuerte, definitivamente.

El caso es que, como ya he comentado en salidas previas en 12:45pm, este año ha sido la primera vez que hemos viajado a Tierra de Origen en el periodo de vacaciones desde que iniciamos esta aventura al otro lado del océano. Hasta el momento, del tiempo que aquí llevábamos, siempre habíamos ido en Navidad, de año en año. Lo cual se hacía, como podéis imaginar, enormemente pesado, tedioso y desgarrador. Las vacaciones de Navidad se pasaban con una rapidez pasmosa, los días de luz eran más cortos, el tiempo de estancia menor y los quehaceres considerables... así que este año nos armamos de ilusión y de un buen ahorro previo (y posterior, porque regresamos también en Navidad) y nos fuimos a finales de junio a disfrutar de días más largos en luminosidad, más tiempo de estadía y menos tareas preestablecidas en comparación con las ajetreadas fiestas navideñas.

Con todo esto tan solo pretendo poneros en situación para lo que vino después.

Al regreso de nuevo a primeros de agosto, por mi cabeza ni alejadamente se había asomado la idea de que, quizás, mi orientación espacio-temporal se hubiera podido ver afectada con este cambio en la fecha de viaje. Ingenua de mí.

Si bien es cierto que la primera vez que amanecí en Tierra de Origen nuevamente, un ya remoto 4 de agosto, tras un eterno y complicado viaje de casi 48 horas en vela, tuve esa extraña sensación que casi todos habréis tenido alguna vez de desorientación y confusión en cuanto al lugar donde habéis amanecido. Hasta aquí nada fuera de lo normal, pues estas pequeñas adaptaciones forman parte de la recuperación del hábito tras un periodo de cambios de camas y amaneceres.

Sin embargo, cuando comenzaron a avanzar los días de retorno al trabajo, empecé a experimentar extrañas sensaciones de desorden y desconcierto en lo que viene a ser el calendario y las tareas laborales habituales y recurrentes.

Me explico, como hasta ahora siempre habíamos viajado en diciembre y regresado en enero, sin yo saberlo mi cabeza ya se había adaptado a esa estructura espacio-temporal. Ella entendía que cada vez que viajaba, al regreso era enero y como tal, tenía que continuar con las tareas propias de mi puesto referentes a ese momento del año. Esta ocasión no debía tener por tanto diferencia ninguna, y dado que aquí en Tierra de Acogida el clima siempre es similar, siempre calor, siempre las mismas horas de sol, siempre días parecidos, mi cabeza entendió que tras este viaje, al regresar nuevamente era enero... y así me lo ha hecho entender durante las pasadas semanas ante diferentes circunstancias en las que he tenido que para en seco y meditar, profundamente, para saber en qué momento de año me encontraba en realidad.

De esta manera, agosto se había convertido para mí de nuevo en enero.

El caso es que ahora dudo de si soy yo la que dispone de una terrible orientación o de si esto tan solo es una evidencia más de que el ser humano es de rápido acomodo a la rutina, tanto que a veces ni siquiera uno mismo es consciente de que se está produciendo ese aburguesamiento en el hábito. Terrible realidad.

Así que amigos y amigas que os asomáis intrépidos a esta ventana en este viernes de mitad de agosto, tan solo me queda deciros, recuperando unas palabras de Horace Mann, que "El hábito es como un cable, nos vamos enredando en él cada día hasta que no nos podemos desatar".

¡¡Feliz viernes a todos y todas, que la rutina de leerme no os desoriente jamás!!

http://psicoblogia.com/wp-content/uploads/2012/11/deme-alz.jpg
................

No hay comentarios: