Comenzaba el Otoño y el Sol, ayudado por el natural avance entre estaciones y temporadas, apaciguaba su furia y luminosidad veraniega extinguiendo día a día su señorío en los cielos, dando espacio a nubes y cúmulos con ansia de cerrazón y oscuridad.
Las temperaturas iban descendiendo con delicadeza, como un candil que gasta su mecha imperceptiblemente... sin lugar a dudas, el Otoño llamaba a las puertas del mundo, aunque aquel pequeño pueblecito pesquero al Sur del país tuviera la sensación de que el inevitable llamado al atardecer tedioso solo sucedía en aquel alejado, monótono y relegado espacio terrenal.
La llegada del Otoño presagiaba forzosamente el devenir del Invierno... incluso si uno escuchaba con atenta vigilancia podía detectar la lejana venida de los fríos y heladas inclementes.
Mercurio, al igual que la mayoría de sus vecinos, era pescador de una pequeña embarcación familiar. El legado de vida en el mar venía, decían las buenas lenguas, de muchos siglos atrás. Se comentaba en la oscuridad de tabernas y callejones, en las noches más calurosas de verano junto a un vaso de buen vino malagueño, que la estirpe de Mercurio provenía de los primeros pescadores que habitaron la zona. Se rumoreaba, con cierto sonsonete, que sus antepasados fueron quienes descubrieron el arte de la pesca por aquellos parajes y que incluso la imponente escultura de bronce y hierro que dominaba la plaza central del pueblo estaba dedicada a sus originarios antecesores... a pesar de que en la placa conmemorativa pusiera, entre otras cosas que solían obviarse, "
Homenaje al Pescador Anónimo".
Mercurio era buena gente. Leal, justo, trabajador y solidario. Vivía una vida cómoda, promovida por su esfuerzo y por la herencia de su linaje.
Vivía con intensidad su trabajo en Primavera y Verano... pero siempre, con las primeras señales de la llegada del Otoño, a Mercurio comenzaba a pesarle demasiado el patrimonio del oficio. Él siempre lo achacó a la decadencia en la cantidad y calidad lumínica... pues estaba convencido de que la carga que le pusieron el día de su bautismo arrastraba consigo el hecho de que necesitara disponer de los rayos solares lo más directa e intensamente posible para sentirse parte de la vida.
En el fondo sabía que se engañaba con este pensamiento, se justificaba aferrándose a un telón de acero.
Una mañana de mediados de Noviembre Mercurio, rutinario, abrió las cortinas sin expectativa de hallar unos rayos acogedores que le dieran los buenos días calurosamente. Y así fue, el día amanecía gris y denso, estaba a punto de romper a llorar... la mañana y Mercurio.
Controlaba las lágrimas con toda la energía que disponía tras una profunda noche de descanso. Su esposa dormía plácida, ajena y tranquila, en la cama junto a la puerta... y él, evadido, viajaba sin quererlo a través de la ventana y de los sueños desvelados.
Ocurrió sin previo aviso y provocó tal estruendo que su esposa, sobresaltada, gritó despertando así de sus profundidades oníricas, al mismo tiempo que su cara tomaba un color blanquecino que en otras épocas más de una hubiera envidiado para noches de gala y festejo.
Aquella gaviota, a la que Mercurio había estado siguiendo el vuelo durante varios minutos con el pensamiento disperso... chocó contra la ventana rompiéndola en mil pedazos y cayó, a continuación, a los pies del pescador... desorientada y moribunda.
Mercurio la miró emocionado, compungido y apesadumbrado... la cubrió entonces tiernamente con lo que alcanzó primero, un bonito tapete color castaño que reposaba sobre la mesilla de la habitación... y suspiró.
Dirigió sus pasos hacia la cama, donde su mujer, todavía inmóvil, se escudaba tras la sábana apoyando la espalda contra el cabecero. La abrazó y la besó en la cabeza, ella soltó sus manos del borde de la sábana, dejándola caer sobre sus rodillas. Rompió a llorar desconsolada... él la tranquilizó apretándola fuerte entre sus curtidos brazos deteriorados por la salitre y el Sol... ese Sol que él anteponía como fuerza vital a su existencia, ese Sol injurioso que le hacía creer a Mercurio dependiente de su energía...
"Nos iremos de aquí. Esta tarde comenzaremos los preparativos, iremos a recorrer mundo, volaremos alto, donde no haya muros ni cristales que nos frenen los sueños... donde la herencia y la sucesión no sea atadura de esperanzas. Estamos a tiempo de esquivar el choque hacia el que planeamos rutinarios. Vivamos un nuevo Otoño, otra manera de pasar las estaciones, vivamos sin depender del Sol y su vinculo con mi legado"
La besó de nuevo y sonrieron aplacando la angustia y la turbación del momento.
A la mañana siguiente Mercurio puso en venta la embarcación y en tan solo tres días prepararon las maletas.
Estaban ilusionados, esperanzados con el nuevo e inesperado giro que aquel indeseado
percance había dado a su vida... a veces necesitamos de pequeños avisos
para despertar de nuestro letargo, para tomar conciencia de que las cosas no avanzan por el camino que deseamos.
Volvió de nuevo Mercurio a estar en boca del vecindario, recorriendo su nombre de esquina a esquina... entre plazas y cantinas intempestivas, noches de insulso Otoño llenadas con conversaciones murmurantes y de dudosa moral. Nunca le importó la habladuría, porque nunca supo de su arratonada existencia.
El Otoño quedó congelado en aquel pequeño pueblo del Sur del país lleno de gaviotas desorientadas a la espera, en el mejor de los casos, de un choque frontal que les despertara del letargo...
... al mismo tiempo que Mercurio abría ventanas a su vida, surcando nuevos mares y buscando oficio y beneficio lejos de la obligada descendencia en la que se había encontrado sometido durante demasiados años de descenso delirante.

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