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viernes, 25 de marzo de 2016

DÍA 809: La sinestesia de la felicidad


A rayos de sol en la boca, a eso sabe la felicidad. Ahora lo sé.

Rayos de sol que, indiscriminadamente, se esconden y reaparecen a lo largo de la vida, porque la luz no es perpetua. Es, simplemente, caprichosa.

La luz es un espejismo en nuestra mirada. Igual que la felicidad lo es en nuestra alma.

Tiene aroma a tierra recién mojada y, al contacto con nuestro paladar, se siente como algodón de azúcar.

Sol, tierra mojada y azúcar. Eso es la felicidad.

Lo recuerdo bien. Lo guardo bajo llave en lo más hondo de mi anhelo recalcitrante.

Ahora mi boca sabe a ladrillo molido, seco e inservible. Eso es síntoma de miedo e incertidumbre. Mi lengua nota, desde el despertar, un ligero roce en las comisuras de los labios que le recuerda a piedra recién sacada de lo más profundo del océano. Salada, inerte y abandonada.

Ladrillo molido y piedra salada. Solo eso, no hay más con el miedo. El miedo no se siente, el miedo es como nada.

Y es entonces cuando me aferro, con mi deseo, a un clavo ardiendo. Y busco en lo más oscuro, en el recuerdo lejano y seguro, ese sabor a sol en mi boca, a lluvia de tierra empapada, a melaza de feria eterna y a felicidad en el recuerdo resguardada.

Y me siento en paz. La calma me abraza.

Ahora lo sé. Sé que pronto la felicidad regresa, que esto es solo una mala racha. Que el miedo seco que en estatua de sal te transforma, huirá cegado por la felicidad de mi boca.

Lo sé.

Porque siento la luz en mis entrañas.


http://www.copelacapital.es/public/wp-content/uploads/2014/10/Espejos-del-sol-felix-murillo.jpg


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lunes, 14 de diciembre de 2015

DÍA 806: Cuenta atrás

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Son las cuatro y cuarto de la madrugada. Lunes. Diciembre caluroso en el Caribe. Aunque los locales digan que “llegó el friíto Navideño”, lo cierto es que hace calor.

Esta noche llovió un poco y todavía se escuchan los ecos de algunas gotas que se precipitan de los tejados hasta el suelo. Ingrávidas. Inconscientes.

Las coquís martilléan el aire con dos notas repetitivas. Los grillos las acompañan. Naturaleza orquestada.

Como siempre, el expreso a lo lejos y los perros insomnes ladrando a sombras extrañas que violentan el espacio de la casa que custodian con desvelo. Nero maúlla. Barrunta.

En la casa de al lado se oye música instrumental. Violines y alguna tos. Son las cuatro y veinte de una noche igual que las demás. Y sin embargo distinta.

M.A. duerme. Ajeno a mi despertar vespertino. Feliz y sereno.

Un avión cruza el cielo, se prepara para el aterrizaje. Y de pronto una emoción extraña y reconocida invade mi cuerpo recién despertado. Son las 4:30am. En una semana, en tan solo una semana, yo estaré haciendo lo mismo en la otra orilla del charco.

Hoy preparo mi propio despegue. Hoy inicia una semana desbordante de emoción y nervios. La última semana.

Hoy comienza, sin opción a viraje, la cuenta atrás.

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sábado, 21 de noviembre de 2015

DÍA 798: Empatía lacerante

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Me duele el dolor ajeno, tan silencioso. Tan súbito y melancólico. 

Emociones que me golpean la piel haciendo temblar mi carne y mis huesos.

Penas forasteras que entran por mis poros, y entre mis venas, enraízan su desgarro en mi espíritu solidario.

Solitario desconsuelo. Me duele el dolor ajeno.

Lastimosa empatía que conecta el desgarro de las almas en pedazos.

Si pudiera evitarlo, si supiera aniquilar tu mal trago, mi alma cansada sonreiría disimulando. Triunfadora.

Es inevitable, el sufrimiento del otro es un proyectil insalvable.

Hay quien nace con corazón de hierro. Forjado e impenetrable.

Y quien nace con cuerpo de cristal fino, quebradizo, sutil coraza de tejidos semejantes.

Lo mío es tuyo. Lo tuyo es mío.

Tu pena, tus lágrimas amargas inundando ese grito ahogado en tu pecho extenuado,
yo las recojo, las mezo y custodio… hasta que tu cuerpo despierte de ese letargo en que te encuentras.
Ausente.

Yo las alojo en mis entrañas, hasta que tu pena se vaya de tu cuerpo,
cobarde,
por derrumbe o desalojo.

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