Las ramas chocaban al compás del viento convirtiéndose en batutas de sonoras orquestas arbóreas. Sonidos susurrantes en las profundidades de un bosque donde el Sol se filtraba indeciso y tímido entre los huecos que la espesura concedía condescendiente a la oscuridad.
No serían más de las nueve de la mañana y el sosiego dominaba aquel paraje sacudido tan solo por el seco aleteo de algún pájaro vespertino.
Un camino cubierto por hojarasca y barro seco configuraba un lienzo de delicados detalles en relieve, una lámina de realismo artístico lleno de sutilezas y detalles casi imperceptibles, belleza convertida en lienzo para la vívida naturaleza.
El aire jugaba con habilidad entre los troncos de los árboles, esquivando el zarpazo de su filosa corteza, retozando entre ajadas hojas que reposaban pacientes en la superficie confiando en su pronta metamorfosis en humus, aguardando su embrujada transformación de muerte en vida... asegurando el ciclo natural del bosque y su subsistencia amenazada
Quietud y reposo. Tiempo inmovilizado en una mañana invariable.
Una mujer solitaria y meditativa avanza por el sendero aplastando las hojas a su paso, haciendo crujir el camino como pan recién horneado, dejando tan solo tras de sí las huellas de sus botas y sus pensamientos enmarañados.
Caminaba sin titubeos, apoyada tan solo en un bastón de madera, una rama partida que encontró abandonada entre la maleza y al verla decidió darle uso... deseando que alguien, en algún momento, hiciera lo mismo con ella, ayudándola a dejar de sentirse báculo olvidado en la vereda del camino, ayudándola a recobrar de nuevo ese sentimiento lejano de mujer irremplazable.
Se alejaba la mujer por el camino de seco lodo y caída hojarasca... paseando una tranquila mañana de otoño, serena y segura, hacia el río... donde haría desembocar su pesar y amargura, donde el agua, con su torrente reconfortante, arrastraría al olvido el pesado lastre de su rebosante mochila.
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