Cuando sientas los poros del alma abiertos estallaran lágrimas de alegría en tus pupilas. Como rayos de sol escapando de un hermético arcón de hierro forjado, así será como la armadura se irá agrietando hasta su absoluta fragmentación.
Me fundo en este calor desconocido, apacible, esperado.
Primavera de carne y hueso.
Me voy reencontrando conmigo poco a poco, a pequeñas caricias y consentimientos.
Con sentimientos vuelvo a respirar. Con los mismos que habían quedado relegados en el fondo del olvido. Por descuido, por abandono, por desuso o desilusión.
Regresa el color, regreso al calor.
Regreso.
Como luz al final del túnel, como faro en la oscuridad. Al fin veo la orilla al borde de mis pestañas, donde, en equilibrio, se libera una lágrima entusiasta.
Libre, afortunada, sencilla y viva.
Agradecida de que, tras este peregrinaje quijotesco que ha durado demasiados agujeros negros, pueda, en este reconstruido abril, recuperar todo lo que me fue robado.
Todo lo que escondí, como corazón delator bajo las tablas del dolor y la tristeza, por fin ha sanado.
Y hoy, con más fortaleza que nunca, me susurro a mi misma... "lo estás logrando, una vez más, has resucitado".
Hace poco tiempo escuché una reflexión que me lleva persiguiendo desde hace
varios días y lo cierto es que cuanto más la rumio, más me convence su tono de
sentencia y de pensamiento que supera al simple lenguaje de la comunicación
humana.
La frase en cuestión es la siguiente: “Crecer consiste en aprender a despedirse”.
Seis palabras dispuestas en un orden que te rasgan las entrañas y te cortan
la respiración. Nada más… nada menos.
La primera que vez tuve la oportunidad de escucharla, de pronto, sin previo
aviso y como si me tiraran un cubo de agua fría y rebosante de despiadada
realidad, sufrí un momento de desconexión absoluta con el entorno.
No, no estoy loca… bueno, puede que probablemente un poco sí, pero he
aprendido a vivir con ello. Aquí mi primera despedida y, por tanto, maduración. Hace
tiempo dije adiós a la cordura. Lo asumo.
El caso es que me abstraje durante un largo rato y de pronto me di cuenta
que efectivamente crecer y madurar consistía en ir aprendiendo, a lo largo de
la vida, a despedirse.
Despedirse de amigos, enemigos, estudios, familia, parejas, emociones,
ciudades, recuerdos, cargas en nuestras mochilas personales, trabajos, abuelos,
padres, madres, cosas materiales y un sinfín de elementos en una lista que no
termina hasta que llega el momento de que sea de nosotros de quien los demás se
deben despedir.
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No hablo solo de muerte (ese momento oscuro al que no me gusta nombrar y me
sale sarpullido con solo recordarlo) sino de despedida en su más amplia
esencia: “Soltar, desprender, arrojar algo”… según la primera acepción de la
RAE.
Claramente en la medida que adquiramos destrezas emocionales para decir adiós a todas
estas cosas, situaciones, recuerdos o personas, lograremos ir madurando.
Qué significa madurar… eso ya es otra historia.
Yo quise tomar este pensamiento como la base de lo que significa una “maduración
sana”… lo que no quiere decir que sea ausente de dolor. Es más, probablemente según
avancemos en el tiempo despedirnos nos agote más y más, porque nuestras
reservas de reconstrucción interna para seguir adelante con cierta salud mental
y ánimo al tiempo que vamos sumando despedidas, disminuye y cada vez nos cueste
más esfuerzo recuperarnos de un nuevo adiós. Eso quiere decir que vamos por el
buen camino, porque estamos aprendiendo que despedirse no es algo grato,
estamos tomando conciencia de nosotros mismos y de la vida en sí, estamos
creciendo.
Por eso creo firmemente que crecer, madurar, es la esencia de la vida misma…
porque, de nuevo siguiendo los pasos sabios de la RAE, madurar significa “Hacer
que un fruto alcance el grado adecuado de desarrollo para ser consumido”… y no
hace falta que os diga, de nuevo, esa palabra horrible en la que termina
nuestra maduración. Con que la nombre una vez en una publicación es más que
suficiente.
Personalmente cada día llevo peor las despedidas, esto es una verdad
absoluta, pero sé que la vida también te llena de nuevas bienvenidas y eso
calma el dolor y la melancolía. La vida tiene tanto equilibro emocional como
nosotros le permitamos... o mejor deberia decir como nosotros nos permitamos. Eso es madurar.
Así que queridos amigos, crezcamos sanamente, aprendamos a despedirnos y
asumamos que el dolor es tan buen compañeros de viaje como la felicidad. Lo
importante, siempre, es seguir adelante… siempre y bajo cualquier circunstancia,
ADELANTE... porque al final, todo acaba bien, y si no acaba bien... es que no es el final.
No puedo evitarlo, últimamente me dan pena tantas cosas, me duelen con tanto resquebrajo, que a veces, durante un instante, me dan ganas de tirar la toalla...
...pero rápido me doy cuenta de que si lo hago pasaré a formar parte del dolor de otros y del mío propio, y de este modo la conciencia no la tendría tranquila sabiendo que he formado parte del caos y la destrucción (humana y material).
Me niego en rotundo a formar parte, aunque sea mínimamente, de este genocidio voluntario, consentido, lícito y autorizado en el que el mundo se encuentra sumido.
No acabarán al 100% con mi esperanza, positividad, compromiso y justicia. A estas alturas de la vida lo sé con certeza.
Si lo hicieran... no me quedaría nada.
Queridos amigos y amigas de aquí y de allá, a pesar de todos los pesares, dolores, cargas, sinsabores, rabias, indignaciones y frustración... sigamos adelante... ¡siempre adelante!.
Recordad que la energía (positiva) ni se crea ni se destruye... solo se transforma (en un poder infinito e imparable).
Hoy es uno de esos días en los que una línea parece ser el infinito, una lejana utopía donde se pierde la inspiración, un delirio.
Concebir una oración... ¡un imposible!, sujeto, verbo y predicado enlazados aparentan ser una utopía inalcanzable, remotamente alejada.
Inspiración bajo sospecha de huelga, sutil se esconde en mi cabeza mareada. Hoy sospecho que sea un día de creatividad anulada.
Mis dedos no responden a los impulsos nerviosos de mi cabeza que se pierden entre mis entrañas agotadas. Musas huyendo enloquecidas, infectadas de mi virus de demente perturbada. Hoy no se me ocurre nada... las palabras bloquean mi boca muda, arde el vacío de la imaginación privada... estridencias que ensordecen mi cabal pensamiento, mis manos de piel despojadas...
... y cuando todo parece consumirse en la desgarrante ausencia de musas desquiciadas, comienzo, intuitiva, a escribir "Hoy es uno de esos días..." y se me ilumina, súbita, la mirada.
Da igual en lo que uno crea, providencia, karma o alineación astral, el caso es que una o dos veces al año se dan días en los que las malas noticias se acumulan y llegan todas como un torrente desde el instante en el que abrimos tímidamente el ojo por la mañana (o por la noche, según sea el caso).
Ayer para mí, en Tierra de Acogida, fue uno de esos días... aunque por la lectura de diferentes mensajes a los que tuve acceso en algunas redes sociales sé que no fui la única, así que me consolé un poquito... creo... bueno, no, en realidad no me consolé absolutamente nada.
Cierto es que todo lo que ayer sucedió se dio en el ámbito laboral y eso hace que en cierto modo relativicemos el malestar, pero cierto es también que actualmente vivo una época en mi vida en al que la vida laboral y la personal se divide por un línea terriblemente inexistente... aunque esto nos da para otra publicación (o dos, o tres más...).
El caso es que ayer tan solo llevábamos minutos de una jornada laboral que ya de por si se presentaba compleja cuando, cual tsunami embravecido, comenzaron a llegar malas noticias (aún más de las que en los últimos meses están llegando). Así que de pronto tomé conciencia sobre el hecho de que en tan solo dos horas de inicio de una semana de finales de febrero se habían comprimido más noticias negativas que en un año completo (y difícil) de trabajo. ¡Casi "ná"!.
Por supuesto entrar en fase de inhibición como si fuéramos pequeños hámster en un laboratorio inhumano no sirve de nada, así que a pesar de mi frustración, tristeza, enfado e incertidumbre, comencé a actuar como buenamente pude. Estar quieta, aunque mis ojos lloren torrentes hacia dentro, no va conmigo... como suelo decir al equipo (robando la frase de algún líder revolucionario)... "si morimos que sea de pie".
Tanta cosa agotadora junta en los últimos meses (o quizás podría decir años) me lleva a mantener presente de manera demasiado continua una gran reflexión, "podemos perder el entusiasmo, pero nunca perderemos la esperanza". Así me gustaría que fuera, aunque las circunstancias no lo ponen nada fácil.
La experiencia me susurra que estas cosas son así, que todo sucede por algo, que nadie nos dijo que fuera fácil sino que merecería la pena, que siempre hay que seguir adelante, que el que lucha y se esfuerza es que gana (no se bien qué, pero algo gana dicen), que hay que ser positivo y que siempre hay que mirar hacia delante.
¡Maldita experiencia! siempre con su conciencia sabelotodo... con lo que a mi me hubiera gustado esconderme bajo las sábanas y llorar mi pena como cualquier ratoncillo asustado... buscando un consuelo tonto que, a todo lo que me hubiera llevado en realidad, hubiera sido a complicarlo todo más con su lamentable pasividad.
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¡ES MUY SENCILLO!
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