Precisamente cuando se nubla el viento es que debemos abrir más los ojos.
Tenemos la inercia de cerrar los párpados con tanta fuerza que las pestañas
se arrancan entre lágrimas y dolorosa angustia. Cuando el viento se hace denso
y oscuro en el camino, las pupilas quedan ocultas tras párpados atemorizados y
súbitamente ciegos.
No es solo miedo, es inercia y evasión a lo desconocido, al abismo oculto
entre ráfagas invisibles de incertidumbre.
Es condición humana no querer mirar cuando la arena se precipita lacerante
hacia nuestras pupilas. A veces lo que se nos presenta frente a nuestra
existencia no es lo deseado y es entonces cuando nuestra esencia se construye
sobre huída y negación.
Craso error.
Cuando el viento se nuble y el camino se convierta en uno oscuro e
inestable, abre los ojos. Ábrelos hasta que duelan desde lo más profundo.
Ábrelos día y noche, hasta que el lagrimal se seque y tengas que frotarlos
repetidamente con tus dedos, como quien excava en el desierto en busca de agua.
Ábrelos y no dejes que el viento arenoso permita que te salgas del camino, ni
que te ciegue lo invisible, ni que el miedo se apodere de tus pasos hacia lo
desconocido.
Cuando el camino se haga oscuro y la niebla azote tu rostro, no olvides que
tus ojos son el faro. Así que ilumina tus pasos y jamás permitas que la
tormenta haga naufragar tu barco.
Mi cuerpo se resiste a abandonar la rutina
puertorriqueña de buena mañana. Llevo madrugando desde que me fui de aquella
isla del Caribe que me acogió valiente durante 6 años. Bueno, quizás me dio una
tregua 3 o 4 días dispersos a lo largo de estas 2 semanas de regreso, no fue
mucho más. De cualquier forma no es suficiente, mi cuerpo chirría quejumbroso y
palpitante… “déjame descansar de una santa
vez, loca”. Mi silencio es la mejor respuesta, diga lo que diga ahora mismo
él tiene la razón.
Lo que no saben mi piel y mis entrañas es
que el verdadero culpable de todo esto lo tenemos en casa. En la azotea.
Viviendo como si el resto de extensiones y órganos no fueran responsabilidad
suya. Altiva e incansable. Mi cabeza. Esa pequeña gran inconsciente y, al mismo
tiempo, de extremado sentido común. Compleja e incansable.
Mi cabeza. Esa que rumia estridente día y
noche todo lo vivido desde la tierna infancia. Quien me hace brotar mil
sonrisas y alguna lágrima… en ocasiones todo al mismo tiempo. La culpable de este insomnio y
de caer rendida, cuando en ocasiones ni siquiera el sol se oculta en el
horizonte, sobre un nuevo sofá con el que ayer estrenamos cojines. Esa cabeza a
la que todavía le cuesta asumir todo lo sucedido en las últimas semanas, en los
doce meses que anteceden al día de hoy, en los seis años en Puerto Rico y en
toda la vida pisando tierra y mar… y en algunas ocasiones hasta cielo.
Mi propia cabeza… esa gran desconocida,
con la que convivo cada día procurando llegar a buen entendimiento. Trabajando
juntas por una convivencia pacífica y solidaria conmigo misma. Con la que
negocio diariamente sentimientos y experiencias. La que me da alegrías y
tristezas. La que nunca deja de sorprenderme con sus ocurrencias sensatas, en
ocasiones, y fuera de lugar en muchas más.
Y mientras todo esto sucede en las alturas
de mi cuerpo, el resto de mi propio ser intenta seguirle el ritmo con
tropiezos, bostezos, ojeras y desgarbamiento. A veces pienso que tengo
hiperactividad mental… definitivamente corporal no, pues es imposible seguir el
ritmo a la vecina de arriba.
En cualquier caso, la maraca ruidosa e
indomable que me mueve por el mundo apoyada sobre un cuello maltrecho y unos
hombros cargados de contracturas, me regala momentos inolvidables. De esos que
al recordarlos sonsacan sonrisas y encogen el estómago con fuerza.
Me siento afortunada. Mucho. Siempre me he
sentido afortunada pero esta nueva etapa que acabo de estrenar me remueve muchas
cosas por dentro. Sobre todo porque esa aparente disociación entre mi cuerpo y
mi cabeza parece que llega a su fin. Siento mi alma a flor de piel. Porosa y
preparada para continuar con una nueva aventura. Motivada, con ilusión y un
poco de miedo y expectativa. Pero sobre todo, agradecida y soñadora.
Y así voy pasando estos días, procurando
poner en orden cabeza y cuerpo con el único objetivo de lograr que la suma de
los dos, el espíritu, logre alzarse en equilibrio sobre ambos para seguir
viendo la vida desde lo más alto.
Siempre lo más bello se disfruta desde las
alturas.
Ganaste a la vida Abuela, en mayúscula, porque la dominaste como pocos lo hacen en este mundo.
Ganaste a la vida, la venciste por KO absoluto, por eso hoy te vemos
partir triunfante y sobre nuestros hombros te despedimos gloriosa y
memorable. Por siempre célebre y ejemplar.
Ganaste a la vida,
Abuela, la ganaste sin vacilación ni balbuceo. Saliste a la arena un 12
de octubre y peleaste con uñas y dientes hasta tu último suspiro.
Eres vikinga Abuela, de esas que surcan mares bravíos, de las que hacen tartas de manzana y educan hijos modelo.
Intrépida y valiente, junto al Abuelo, alcanzasteis hazañas eternas y
os abristeis camino en esta vida salvaje y selvática. Siempre con éxito,
siempre juntos y sin recelo.
Por eso hoy Abuela, desde la otra orilla te lloro, te tiendo mi mano y mi recuerdo, te añoro y te quiero.
Por eso hoy, Abuela, el tiempo se para y la vida se arrodilla a tus
pies, vencida y vencedora. Por eso hoy, Abuela, será un para siempre.
De nuevo me encuentro frente a una pantalla blanca, desafiante, una hoja de ruta por ser escrita, una introspección que me sirva de guía, un regreso, un año a estrenar, reflexiones desconocidas, aventuras inéditas, retos que reclaman ser afrontados, miedos agonizantes a los que deseo dar por vencidos, una publicación sin previo aviso, propósitos de año nuevo, retornos, puertas, ventanas e ilusiones esperanzadas.
Me siento oxidada en 12:45pm pero llena de energía para afrontar todo lo que este 2017 me depara.
Fue un 3 de junio de 2016 cuando publiqué mi última expiración en esta nuestra casa, en este blog que durante los pasados 12 meses ha tenido en más de una ocasión lo que parecían ser alientos terminales de su existencia.
Los dos últimos años no han sido fáciles en mi vida, pero 12:45pm, fiel reflejo de quien esto escribe, se caracteriza por los renacimientos, la fuerza para seguir adelante y las plumas de un fénix chamuscado pero persistente. Así que aquí estoy de nuevo, amigos.
Como un elevado porcentaje de seres humanos ingenuos yo también elaboré mi personal lista de propósitos con las que dar comienzo este enero. Sin embargo, en esta ocasión, decidí no escribirlos en ningún sitio mas que en mi conciencia, que es donde deben imprimirse a fuego. Son pocos, pero son los que deben ser para devolverme lo que más deseo en esta vida y que por circunstancias de ella misma, la vida, fui perdiendo con el paso de los años sin casi darme cuenta.
Vamos, nada nuevo probablemente con lo que tu mismo, visitante o residente de este blog, hayas escrito en tu catálogo de voluntades y determinaciones de año nuevo.
2017 promete ser un año de transformación, de cambios, de nuevos comienzos, de regresos, de sueños, de nuevos retos y, sobre todo, de muchos aprendizajes y nuevas ilusiones. Yo, por mi parte y como parte de esos propósitos grabados en mi pensamiento, espero asomarme más a menudo por esta pantalla y lograr revivir, tras las cenizas, a este espacio de reflexiones, sueños, inspiraciones y, sobre todo, mucho compartir que ayude a enriquecer el espíritu.
He vuelto y lo que nos viene por delante promete ser enormemente divertido... así que espero que me acompañes y alcemos juntos el vuelo para ver pasar los meses desde las alturas, sobrevolando la vida y sintiéndonos más vitales que nunca.
El sol quemó nuestras alas pero todos sabemos que donde hubo fuego quedan rescoldos. Ahora toca sentir el aire frío del firmamento y coger velocidad imparable para seguir creando rutas de vuelo portentosas y extraordinarias.
A rayos de sol en la boca,
a eso sabe la felicidad. Ahora lo sé.
Rayos de sol que, indiscriminadamente,
se esconden y reaparecen a lo largo de la vida, porque la luz no es perpetua. Es,
simplemente, caprichosa.
La luz es un espejismo en
nuestra mirada. Igual que la felicidad lo es en nuestra alma.
Tiene aroma a tierra recién
mojada y, al contacto con nuestro paladar, se siente como algodón de azúcar.
Sol, tierra mojada y azúcar.
Eso es la felicidad.
Lo recuerdo bien. Lo guardo
bajo llave en lo más hondo de mi anhelo recalcitrante.
Ahora mi boca sabe a
ladrillo molido, seco e inservible. Eso es síntoma de miedo e incertidumbre. Mi
lengua nota, desde el despertar, un ligero roce en las comisuras de los labios
que le recuerda a piedra recién sacada de lo más profundo del océano. Salada,
inerte y abandonada.
Ladrillo molido y piedra
salada. Solo eso, no hay más con el miedo. El miedo no se siente, el miedo es
como nada.
Y es entonces cuando me
aferro, con mi deseo, a un clavo ardiendo. Y busco en lo más oscuro, en el
recuerdo lejano y seguro, ese sabor a sol en mi boca, a lluvia de tierra
empapada, a melaza de feria eterna y a felicidad en el recuerdo resguardada.
Y me siento en paz. La calma
me abraza.
Ahora lo sé. Sé que pronto
la felicidad regresa, que esto es solo una mala racha. Que el miedo seco que en
estatua de sal te transforma, huirá cegado por la felicidad de mi boca.