El pasado viernes 13 de noviembre de 2015, un viernes negro y oscuro donde
lo peor del ser humano inundó nuestras pantallas de televisión al tiempo que
también lo hacían nuestros ojos incrédulos y agonizantes de tanto dolor
insoportable, recibí un email de una lectora habitual que quiero compartir hoy
con todos vosotros y vosotras.
Además de la belleza del relato (“estaba
inspirada" decía su autora) quiero hacéroslo llegar porque,
personalmente, siento que es una descripción extraordinaria de lo que significa la calma antes de la tormenta.
Sin intuir nada, de una manera absolutamente ignorante a los
acontecimientos que nos esperaban al día siguiente, esta maravillosa residente
de 12:45pm tuvo el arrebato literario, el jueves 12 de noviembre en la noche,
de escribir estas líneas en su ordenador.
Al día siguiente, viernes 13, pronto en la mañana,
me lo encontré en mi buzón de entrada. Hoy lo publico para todos vosotros y
vosotras.
"Doce de Noviembre en la ciudad. Once de la
noche y está dormida, o quizás solo adormecida. No hay ruidos. Se escucha el
silencio y casi da miedo.
Cae la niebla poco a poco y va invadiendo los
parques, las calles, las casas y los rincones ya casi desconocidos.
Se escucha el silencio, interrumpido por
algún que otro coche despistado que atraviesa la casi ya difuminada carretera.
El semáforo está dormido, ya sólo parpadea.
Ese bullicio que pocas horas antes gobernaba
las calles, ahora se protege en sus guaridas, sus hogares, sus cálidas
estancias.
Mañana igual saldrá el sol y nos
calentará el cuerpo y quizás también el alma.
Ahora toca descansar y refugiarnos del gélido
exterior.
Nada es eterno y seguro que cuando abandone
mis cálidas sábanas al alba, la luz del sol me sorprenderá con un estimulante
amanecer y con él, la energía suficiente y quizás desbordante, que hará de mi
mañana, un día especial.”
Hace poco tiempo escuché una reflexión que me lleva persiguiendo desde hace
varios días y lo cierto es que cuanto más la rumio, más me convence su tono de
sentencia y de pensamiento que supera al simple lenguaje de la comunicación
humana.
La frase en cuestión es la siguiente: “Crecer consiste en aprender a despedirse”.
Seis palabras dispuestas en un orden que te rasgan las entrañas y te cortan
la respiración. Nada más… nada menos.
La primera que vez tuve la oportunidad de escucharla, de pronto, sin previo
aviso y como si me tiraran un cubo de agua fría y rebosante de despiadada
realidad, sufrí un momento de desconexión absoluta con el entorno.
No, no estoy loca… bueno, puede que probablemente un poco sí, pero he
aprendido a vivir con ello. Aquí mi primera despedida y, por tanto, maduración. Hace
tiempo dije adiós a la cordura. Lo asumo.
El caso es que me abstraje durante un largo rato y de pronto me di cuenta
que efectivamente crecer y madurar consistía en ir aprendiendo, a lo largo de
la vida, a despedirse.
Despedirse de amigos, enemigos, estudios, familia, parejas, emociones,
ciudades, recuerdos, cargas en nuestras mochilas personales, trabajos, abuelos,
padres, madres, cosas materiales y un sinfín de elementos en una lista que no
termina hasta que llega el momento de que sea de nosotros de quien los demás se
deben despedir.
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No hablo solo de muerte (ese momento oscuro al que no me gusta nombrar y me
sale sarpullido con solo recordarlo) sino de despedida en su más amplia
esencia: “Soltar, desprender, arrojar algo”… según la primera acepción de la
RAE.
Claramente en la medida que adquiramos destrezas emocionales para decir adiós a todas
estas cosas, situaciones, recuerdos o personas, lograremos ir madurando.
Qué significa madurar… eso ya es otra historia.
Yo quise tomar este pensamiento como la base de lo que significa una “maduración
sana”… lo que no quiere decir que sea ausente de dolor. Es más, probablemente según
avancemos en el tiempo despedirnos nos agote más y más, porque nuestras
reservas de reconstrucción interna para seguir adelante con cierta salud mental
y ánimo al tiempo que vamos sumando despedidas, disminuye y cada vez nos cueste
más esfuerzo recuperarnos de un nuevo adiós. Eso quiere decir que vamos por el
buen camino, porque estamos aprendiendo que despedirse no es algo grato,
estamos tomando conciencia de nosotros mismos y de la vida en sí, estamos
creciendo.
Por eso creo firmemente que crecer, madurar, es la esencia de la vida misma…
porque, de nuevo siguiendo los pasos sabios de la RAE, madurar significa “Hacer
que un fruto alcance el grado adecuado de desarrollo para ser consumido”… y no
hace falta que os diga, de nuevo, esa palabra horrible en la que termina
nuestra maduración. Con que la nombre una vez en una publicación es más que
suficiente.
Personalmente cada día llevo peor las despedidas, esto es una verdad
absoluta, pero sé que la vida también te llena de nuevas bienvenidas y eso
calma el dolor y la melancolía. La vida tiene tanto equilibro emocional como
nosotros le permitamos... o mejor deberia decir como nosotros nos permitamos. Eso es madurar.
Así que queridos amigos, crezcamos sanamente, aprendamos a despedirnos y
asumamos que el dolor es tan buen compañeros de viaje como la felicidad. Lo
importante, siempre, es seguir adelante… siempre y bajo cualquier circunstancia,
ADELANTE... porque al final, todo acaba bien, y si no acaba bien... es que no es el final.