sábado, 21 de noviembre de 2015

DÍA 798: Empatía lacerante

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Me duele el dolor ajeno, tan silencioso. Tan súbito y melancólico. 

Emociones que me golpean la piel haciendo temblar mi carne y mis huesos.

Penas forasteras que entran por mis poros, y entre mis venas, enraízan su desgarro en mi espíritu solidario.

Solitario desconsuelo. Me duele el dolor ajeno.

Lastimosa empatía que conecta el desgarro de las almas en pedazos.

Si pudiera evitarlo, si supiera aniquilar tu mal trago, mi alma cansada sonreiría disimulando. Triunfadora.

Es inevitable, el sufrimiento del otro es un proyectil insalvable.

Hay quien nace con corazón de hierro. Forjado e impenetrable.

Y quien nace con cuerpo de cristal fino, quebradizo, sutil coraza de tejidos semejantes.

Lo mío es tuyo. Lo tuyo es mío.

Tu pena, tus lágrimas amargas inundando ese grito ahogado en tu pecho extenuado,
yo las recojo, las mezo y custodio… hasta que tu cuerpo despierte de ese letargo en que te encuentras.
Ausente.

Yo las alojo en mis entrañas, hasta que tu pena se vaya de tu cuerpo,
cobarde,
por derrumbe o desalojo.

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jueves, 19 de noviembre de 2015

DÍA 797: Doce de noviembre de 2015

El pasado viernes 13 de noviembre de 2015, un viernes negro y oscuro donde lo peor del ser humano inundó nuestras pantallas de televisión al tiempo que también lo hacían nuestros ojos incrédulos y agonizantes de tanto dolor insoportable, recibí un email de una lectora habitual que quiero compartir hoy con todos vosotros y vosotras. 

Además de la belleza del relato (“estaba inspirada" decía su autora) quiero hacéroslo llegar porque, personalmente, siento que es una descripción extraordinaria de lo que significa la calma antes de la tormenta.

Sin intuir nada, de una manera absolutamente ignorante a los acontecimientos que nos esperaban al día siguiente, esta maravillosa residente de 12:45pm tuvo el arrebato literario, el jueves 12 de noviembre en la noche, de escribir estas líneas en su ordenador.

Al día siguiente, viernes 13, pronto en la mañana, me lo encontré en mi buzón de entrada. Hoy lo publico para todos vosotros y vosotras.

Homo Homini Lupus Est…


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"Doce de Noviembre en la ciudad. Once de la noche y está dormida, o quizás solo adormecida. No hay ruidos. Se escucha el silencio y casi da miedo.
Cae la niebla poco a poco y va invadiendo los parques, las calles, las casas y los rincones ya casi desconocidos.
Se escucha el silencio, interrumpido por algún que otro coche despistado que atraviesa la casi ya difuminada carretera. El semáforo está dormido, ya sólo parpadea.
Ese bullicio que pocas horas antes gobernaba las calles, ahora se protege en sus guaridas, sus hogares, sus cálidas estancias.
Mañana  igual saldrá el sol y nos calentará el cuerpo y quizás también el alma.
Ahora toca descansar y refugiarnos del gélido exterior.
Nada es eterno y seguro que cuando abandone mis cálidas sábanas al alba, la luz del sol me sorprenderá con un estimulante amanecer y con él, la energía suficiente y quizás desbordante, que hará de mi mañana, un día especial.”
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miércoles, 11 de noviembre de 2015

DÍA 796: Adiós con el corazón

Hace poco tiempo escuché una reflexión que me lleva persiguiendo desde hace varios días y lo cierto es que cuanto más la rumio, más me convence su tono de sentencia y de pensamiento que supera al simple lenguaje de la comunicación humana.

La frase en cuestión es la siguiente: “Crecer consiste en aprender a despedirse”.

Seis palabras dispuestas en un orden que te rasgan las entrañas y te cortan la respiración. Nada más… nada menos.

La primera que vez tuve la oportunidad de escucharla, de pronto, sin previo aviso y como si me tiraran un cubo de agua fría y rebosante de despiadada realidad, sufrí un momento de desconexión absoluta con el entorno.

No, no estoy loca… bueno, puede que probablemente un poco sí, pero he aprendido a vivir con ello. Aquí mi primera despedida y, por tanto, maduración. Hace tiempo dije adiós a la cordura. Lo asumo.

El caso es que me abstraje durante un largo rato y de pronto me di cuenta que efectivamente crecer y madurar consistía en ir aprendiendo, a lo largo de la vida, a despedirse.

Despedirse de amigos, enemigos, estudios, familia, parejas, emociones, ciudades, recuerdos, cargas en nuestras mochilas personales, trabajos, abuelos, padres, madres, cosas materiales y un sinfín de elementos en una lista que no termina hasta que llega el momento de que sea de nosotros de quien los demás se deben despedir.

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No hablo solo de muerte (ese momento oscuro al que no me gusta nombrar y me sale sarpullido con solo recordarlo) sino de despedida en su más amplia esencia: “Soltar, desprender, arrojar algo”… según la primera acepción de la RAE.

Claramente en la medida que adquiramos destrezas emocionales para decir adiós a todas estas cosas, situaciones, recuerdos o personas, lograremos ir madurando.

Qué significa madurar… eso ya es otra historia.

Yo quise tomar este pensamiento como la base de lo que significa una “maduración sana”… lo que no quiere decir que sea ausente de dolor. Es más, probablemente según avancemos en el tiempo despedirnos nos agote más y más, porque nuestras reservas de reconstrucción interna para seguir adelante con cierta salud mental y ánimo al tiempo que vamos sumando despedidas, disminuye y cada vez nos cueste más esfuerzo recuperarnos de un nuevo adiós. Eso quiere decir que vamos por el buen camino, porque estamos aprendiendo que despedirse no es algo grato, estamos tomando conciencia de nosotros mismos y de la vida en sí, estamos creciendo.

Por eso creo firmemente que crecer, madurar, es la esencia de la vida misma… porque, de nuevo siguiendo los pasos sabios de la RAE, madurar significa “Hacer que un fruto alcance el grado adecuado de desarrollo para ser consumido”… y no hace falta que os diga, de nuevo, esa palabra horrible en la que termina nuestra maduración. Con que la nombre una vez en una publicación es más que suficiente.

Personalmente cada día llevo peor las despedidas, esto es una verdad absoluta, pero sé que la vida también te llena de nuevas bienvenidas y eso calma el dolor y la melancolía. La vida tiene tanto equilibro emocional como nosotros le permitamos... o mejor deberia decir como nosotros nos permitamos. Eso es madurar. 

Así que queridos amigos, crezcamos sanamente, aprendamos a despedirnos y asumamos que el dolor es tan buen compañeros de viaje como la felicidad. Lo importante, siempre, es seguir adelante… siempre y bajo cualquier circunstancia, ADELANTE... porque al final, todo acaba bien, y si no acaba bien... es que no es el final.


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